jueves, 11 de abril de 2013

La soledad del corredor de fondo y otras sensaciones ("Que ha ganado Chema")



Un joven interno en un reformatorio disfruta de un trato privilegiado a cambio de entrenarse para ganar una carrera de fondo cuyo trofeo ambiciona el director del centro. Dignidad o privilegios, he ahí la cuestión.



(...)

“Pero yo aquí estoy, tieso de frío, sin nada para calentarme, a no ser las dos horas de carrera de fondo antes de desayunar, sin ni siquiera una rebanada de pan y algo con que untarlo. Me están entrenando a tope para el día de las competiciones importantes, cuando todos esos duques y señoras de cara de cerdo (…) vienen y nos sueltan discursos sobre que los deportes son lo adecuado para que empecemos a llevar una vida honrada y mantengamos las puntas de los dedos lejos de las cerraduras de las tiendas y las cajas de caudales (…) Luego nos dan una cinta azul y una copa de premio después de que hemos reventado corriendo o saltando, como caballos de carrera; sólo que a nosotros no nos cuidan tan bien como a los caballos de carrera y ésa es la diferencia.”

(...)


(…)

“Es estupendo ser corredor de fondo, encontrarse solo en el mundo sin un alma que te ponga de mala leche o te diga lo que tienes que hacer o que hay una tienda que descerrajar en la calle de al lado. A veces pienso que nunca he sido tan libre como durante este par de horas en que troto por el sendero de más allá de la puerta y doblo por el roble aquel de tronco pelado y enorme barriga del final del camino.”

(…)


(...)


“Ahora oía también a los lores y las ladies de la tribuna principal, y los veía ponerse de pie haciéndome gestos de que entrase. —¡Corre! —me gritaban con sus delicadas voces—. ¡Corre! (…) de repente olí a sudor y un par de pulmones en sus últimas boqueadas me adelantaron y continuaron acercándose a la meta; el tío iba todo encorvado y balanceándose de un lado a otro (...) Hubiera sido capaz de animarle yo mismo. —¡Sigue! ¡Sigue y revienta! Átate a ese trozo de cinta. Pero él ya había llegado a la meta, conque yo seguí trotando detrás de él hasta que estuve junto a la línea de llegada, y llegaba un rugido asesino que me atravesaba los oídos mientras yo seguía en la parte de acá de la cinta.
Ya casi es tiempo de que me pare para que no crean que no sigo corriendo, porque sí corro, de un modo u otro.”

(...)


La soledad del corredor de fondo (1959)
Alan Sillitoe (1928-2010)
(Película del mismo título dirigida por Tony Richardson en 1962)



Y vuelta la burra al prado. Como todos los años desde hace unos cuantos, el último domingo de abril, cita con el Mapoma (ahora Rock ’n’ roll Madrid Maratón ¿?) y reencuentro con las sensaciones de citas anteriores y sus secuelas. Por cierto, si alguien quisiera animar lo tendría fácil; la mejor zona es la más céntrica: Fuencarral, Red de San Luis, Gran Vía hasta Callao, Preciados, Sol y calle Mayor. Hasta ahí, “sobrao”. Después mejor abstenerse por si acaso.



Hablando de sensaciones en un maratón ¿Qué sensación puede tener uno cuando al pasar pongamos por el Lago de la Casa de Campo, a la altura del kilómetro 25 (y a falta, claro, de otros 17), se corre una voz entre el pelotón "ha ganado Chema", "ha ganado Chema"? 


Chema Martínez ganando el Mapoma 2008
(mientras ... yo ... por la Casa de Campo)
Pues eso mismo.




miércoles, 27 de marzo de 2013

Semana Santa



¿Cuánta vanidad es preciso reunir (sin que, por otra parte, sea muy eficiente) para fingir que uno es un objeto personal de un plan divino?

¿Cuánto respeto a uno mismo hay que sacrificar para poder avergonzarse continuamente por la conciencia de los propios pecados?

¿Cuántas suposiciones innecesarias es preciso postular y cuánta capacidad de tergiversación hace falta para tomar cada una de las nuevas ideas de la ciencia y manipularla hasta que «encaje» con las palabras reveladas por deidades de la Antigüedad inventadas por el ser humano?

¿Cuántos santos, milagros, concilios y cónclaves son necesarios para, primero, establecer un dogma y, a continuación, tras un dolor, pérdida, sinsentido y crueldad infinitos, verse obligado a rescindir uno de esos dogmas?

Dios no creó al ser humano a su imagen y semejanza. Evidentemente, fue al revés, lo cual constituye la sencilla explicación para toda esta profusión de dioses y religiones y para la lucha fratricida, tanto entre cultos distintos como en el seno de cada uno de ellos, que se desarrolla continuamente a nuestro alrededor y que tanto ha retrasado el progreso de la civilización.

"Dios no es bueno: Alegato contra la religión"
Christopher Hitchens
Editorial Debate, 2008






miércoles, 10 de octubre de 2012

¿Demasiado viejo para el rock and roll?



A veces pueden parecer tópicas las expresiones “icono del rock”, “estrella del rock”, “leyenda del rock”, u otras similares.

Cuando se acude a un concierto de uno de esos iconos, estrellas, leyendas del rock y se ve salir a escena a un tipo pálido, alto, delgado, desgarbado más bien; mayorcito, 64 años pero aparentando aún más; con aspecto de jubilado británico, quizá ex profesor universitario afincado en Gandía o Torrevieja; pelo blanquísimo y descuidadamente alborotado; en pantalón de chándal y con una amplia camisa de jubilado, que no de rockero, de manga corta con sus largos y finos brazos al aire; con aspecto tímido; con papeles en una mano y una copita de vino tinto (quiero creer) en la otra; con gestos y expresiones mezcla de Jacques Tati y Stan Laurel; entonces uno piensa:

a)      Me he equivocado de sala.
b)      Me he equivocado de día.
c)      Ha habido un cambio de última hora en el cartel.
d)      Me han tomado el pelo.
e)      ¡Qué pena, cómo pasa el tiempo!



Claro que si ese, por qué no decir, anciano, se transforma cada vez que arranca a tocar con absoluta precisión el piano o la guitarra; si todo lo que parecía fragilidad se torna energía casi juvenil; si además empieza a cantar, con una voz delicada y potente, con toda clase de registros graves y agudos y con infinidad de matices; si las canciones no son canciones, sino obras de arte; si se entrega por completo en el desarrollo y representación de cada tema de forma que parece olvidar o no le importa dónde se encuentra para, finalmente exhausto, resoplar de alivio tras el último acorde; si su estilo, si es que no es una falta de respeto intentar definirlo, es una mezcla inteligente de progresivo, punk y diría que hasta de cabaret; si con lo poco que, lamentablemente, algunos entendemos de inglés, se intuye claramente la profundidad de sus letras, que no en balde también es autor de libros de poemas e historias cortas; si a pesar del ruido de fondo de botellines y copas que caracteriza en determinados momentos a la sala Clamores, los allí presentes la noche del pasado sábado parecíamos víctimas de una hipnosis colectiva con epicentro en el escenario; si todo esto que recuerdo es cierto y no lo he soñado, entonces no cabe ninguna duda: lo de “icono”, “estrella” o “leyenda” del rock no es que no sean tópicos en este caso, es que se le quedan pobres; aquel tipo, un tal Peter Hammill, es un genio; sencillamente.


viernes, 8 de junio de 2012

Guitarras eléctricas en la corte del Rey Enrique

(Please To See The King, Steeleye Span 1971)

Me apasiona el folk-rock o electric-folk británico desde que escuché, más o menos en el 74, a Steeleye Span interpretando el tema "King Henry" (Below the Salt, 1972).

Fairport Convention y Steeleye Span fueron, por este orden, dos de las bandas pioneras del folk-rock británico de finales de los años 60 y principios de los 70, aunque la primera de ellas comenzó con claras influencias de artistas como Joni Mitchell o Bob Dylan y del sonido de las bandas de la época de la Costa Oeste estadounidense como The Byrds, por ejemplo. Su álbum "Fairport Convention", de 1968, es un buen ejemplo de estas influencias.


Ambas fueron cofundadas por Ashley Hutchings, quien además fundó una tercera, The Albion Band, que también es de las más notables del género.


Las dos bandas se caracterizaron por introducir instrumentos eléctricos en canciones tradicionales del Folk británico y utilizar exquisitas armonías vocales. Además las dos contaron con extraordinarias solistas femeninas: Sandy Denny en Fairport Convention (en los períodos de 1968-1969 y 1974-1975, falleció en 1978) y Maddy Prior en Steeleye Span (períodos 1969-1978, 1980-1997 y desde 2002 hasta el momento actual).


Steeleye Span fueron en los 70 teloneros habituales de la banda Jethro Tull, cuyo líder Ian Anderson, produciría el sexto álbum de la banda “Now We Are Six” que, como curiosidad, incluye un solo de saxofón de David Bowie.

De entre su abundante discografía ...


Fairport Convention
Liege and Lief (1969)
Come All Ye (Sandy Denny / Ashley Hutchings)
Reynardine (Tradicional)
Matty Groves (Tradicional)
Farewell, Farewell (Richard Thomson)
The Deserter (John Richards / Tradicional)
Medley: The Lark in the Moming/Rakish Paddy/The Foxhunter’s Jigg/Toss T (Tradicional)
Tam Lin (Tradicional)
Crazy Man Michael (Dave Swarbrick / Richard Thompson)
Formación:
Simon Nicol – guitarra, voz
Richard Thompson – guitarra, voz
Ashley Hutchings – bajo
Sandy Denny – vocal, piano
Dave Swarbrick – violín, mandolina, voz
Dave Mattacks – batería, teclados, bajo




Steeleye Span
Below the Salt (1972)
Spotted Cow (Tradicional)
Rosebud in June (Tradicional)
The Bride’s Favourite/Tansey’s Nancy (Tradicional)
Sheep-Crook and Black Dog (Tradicional)
Royal Forester (Tradicional)
King Henry (Tradicional)
Gaudete (Tradicional)
John Barleycorn (Tradicional)
Saucy Sailor (Tradicional)
Formación:
Tim Hart – guitarra, voz
Maddy Prior – voz
Peter Knight – instrumentos de cuerda, teclados, guitarra, voz
Bob Johnson   guitarra, voz
Rick Kemp – bajo, batería, voz

1987 Philadelphia Folk Festival


Audio versión original con la letra


miércoles, 30 de mayo de 2012

El rostro de Tracy






Andaba necesitado de razones para el optimismo cuando hace unos días escuché en una emisora de radio a Eduardo Punset citando una frase que leyó en los años 60 en alguna pared del metro de Nueva York: Is there a life before death? (¿Hay vida antes de la muerte?).

Como a Punset entonces, la frase me ha parecido genial y buscando información llegué a su libro "Excusas para no pensar" (Destino, 2011), sobre el que encontré comentarios que me impulsaron a hacerme con él rápidamente, de modo que se ha convertido en mi primera adquisición digital.



Es un libro que se lee muy fácilmente porque aunque habla de cuestiones importantes y trascendentes, lo hace de una forma sencilla, clara y amena, con muchos ejemplos y con referencias a estudios y experimentos acerca de las cuestiones que aborda.

En síntesis, el libro consiste en un recorrido desde nuestros orígenes, o mejor, desde los orígenes de la vida, por el largo camino del aprendizaje humano, hasta el momento actual, reflexionando acerca de la importancia que siempre ha tenido saber entender y gestionar las propias emociones, así como reconocer y entender las emociones ajenas.

En el último capítulo el autor plantea sus "Fórmulas para ser más felices en un mundo mejor". De su contenido me quedo con el último apartado, "Diez mandamientos para no ser infeliz", con recomendaciones tan aparentemente sencillas y evidentes que invitan a preguntarse cómo es posible no ser felices. Y es que el gran acierto de Punset es hacernos conscientes de que "... no somos conscientes de las cosas más obvias. Si lo fuéramos, nos plantearíamos la vida de un modo distinto".

Quizá deberíamos hacer como Isaac Davis, alter ego de Woody Allen en "Manhattan", y dedicar un rato, de vez en cuando, a descubrir o recordar las cosas que realmente nos importan y que muchas veces ya tenemos pero no valoramos lo suficiente.



No tiene que ver con el tema, pero no me privo de comentar que en junio de 1989 compartí con Eduardo Punset (y muchos conductores más) un inmenso atasco madrileño en el túnel de María de Molina bajo López de Hoyos. Él iba en taxi, supongo que camino del aeropuerto, y yo detrás, en mi vehículo, hacia el trabajo. Una quema intencionada de neumáticos en la Avenida de América tuvo la culpa. Era mi primer día de curro y llegué dos horas tarde.




miércoles, 23 de mayo de 2012

Los manuscritos no arden



Valga una anécdota como excusa para hablar de un gran libro: Hacia 1967 Marianne Faithfull recomendó a su entonces novio Mick Jagger una novela, recién publicada, de un escritor soviético. En noviembre de 1968 “Sus Satánicas Majestades” publicaron “Beggars Banquet”, cuyo primer tema, “Sympathy for de Devil” (Compasión por el Diablo) estaba inspirado en aquella novela. El escritor era Mijaíl Bulgakov y la novela, “El maestro y Margarita”.


Bulgakov nació en Kiev, Ucrania, en 1891. Estudió medicina antes de dedicarse a la literatura y aunque alcanzó un enorme reconocimiento con sus primeras obras, sus sátiras del régimen y sus críticas a la sociedad burocratizada y corrupta de su tiempo le valió la prohibición de publicar a partir de 1929. Desde ese momento mantuvo una curiosa relación con Stalin, que le llamaba por teléfono personalmente y a quien escribió numerosas cartas intentando obtener su perdón.

Quizá por ello, desde 1928 hasta su fallecimiento en 1940 dedicó todo su empeño a la elaboración de “El maestro y Margarita”, obra en la que trata, entre otros, el tema de la libertad de creación artística y los intentos de coacción por parte de las autoridades. A lo largo de todos esos años Bulgakov realizó numerosa versiones de su obra pero no llegó a verla publicada en vida. Gracias a la perseverancia de su mujer fue posible que llegara al público veintiséis años después de su muerte, siendo inmediatamente reconocida como una de las obras maestras de la literatura rusa del siglo XX.

 “(El hombre) no era ni pequeño ni enorme; simplemente alto. En lo que se refiere a su dentadura, tenía a la izquierda coronas de platino y a la derecha, de oro. Vestía un elegante traje gris, unos zapatos extranjeros del mismo color, y una boina, también gris, le caía sobre la oreja con estudiado desaliño. Llevaba bajo el brazo un bastón negro con la empuñadura en forma de cabeza de caniche. Aparentaba cuarenta años y pico. La boca, algo torcida. Bien afeitado. Moreno. El ojo derecho, negro; el izquierdo, verde. Las cejas, oscuras, y una más alta que la otra. En una palabra: extranjero.”

Así describe Bulgakov a “Voland”, es decir el Diablo, en el primer capítulo de “El maestro y Margarita”, escrita como ya ha quedado dicho entre 1928 y 1940 pero no publicada hasta 1966, en versión censurada, en la revista literaria Moscú. El texto no vió la luz íntegramente hasta 1973. La novela comienza con una cita del Fausto de Goethe: “- Aun así, dime quién eres. - Una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien.”

La cita es muy significativa porque Voland y sus tres particulares ayudantes, Asaselo, Koróviev y Popota, cometen, más por diversión y capricho que por maldad, todo tipo de atropellos y barbaridades, impartiendo de paso una cierta justicia que hace que hasta resulten simpáticos en muchas ocasiones.


La novela entremezcla tres narraciones. En la primera, en el Moscú post-revolucionario de 1930, el Diablo se presenta bajo la forma antes descrita a dos tranquilos ciudadanos moscovitas que, con el pretexto de un ensayo escrito por uno de ellos, discuten acerca de la existencia (que niegan) de Jesucristo. El forastero interviene en la conversación afirmando que Jesucristo existió, puesto que él estaba presente en el momento de su muerte en la cruz, y a continuación empieza a relatar el encuentro de Poncio Pilatos y Jesucristo, que también presenció. Posteriormente, una sesión de magia negra en un abarrotado teatro moscovita, a cargo del mismísimo Diablo, desencadenará una sucesión de divertidos acontecimientos. Por su parte, el relato de Poncio Pilatos tendrá continuación en otros posteriores dando forma, en un estilo diferente al del resto de la obra, a la segunda narración de la novela.


Con la tercera narración, sobre el amor entre el maestro y Margarita, se descubre que la historia de Poncio Pilatos es la obra censurada del personaje conocido como el maestro, alter ego de Bulgakov, al que por deseo de Margarita, el Diablo libera del psiquiátrico en el que la maquinaria del régimen lo tiene aislado. Al igual que Bulgakov en el proceso creativo de “El maestro y Margarita”, el maestro quema el manuscrito original de su obra sobre Poncio Pilatos, pero en la novela Voland se encarga de recuperarlo intacto del fuego (De este episodio parece proceder la expresión “los manuscritos no arden”, muy popular, según se dice, en Rusia). Bulgakov, en cambio, no tuvo ayuda del Diablo ni de nadie y no le quedó más remedio que reconstruir su novela desde el principio.

La tercera narración concluye caóticamente con el Baile del Plenilunio de Primavera, acontecimiento anual al que asisten los más grandes pecadores de todas las épocas, cuya celebración tiene lugar en esta ocasión en Moscú, y para el que Voland ha elegido como acompañante a Margarita.


Como curiosidad y prueba del éxito de la novela, baste decir que existe en la actualidad en Moscú una ruta turística mefistofélica, cuyo principal atractivo es la habitación en la que vivió de alquiler Bulgakov, en el apartamento 50 del 302 de la calle Sadóvaya, actualmente número 10 de la calle Bolshaya Sadóvaya, convertida en lugar de peregrinación de entusiastas de su obra así como de otros grupos marginales. Durante muchos años estuvo instalado en este lugar un museo dedicado a la vida y obra del escritor, hasta que en diciembre de 2006 un fanático religioso lo destruyó por considerar que albergaba propaganda satánica. No hay que olvidar que los clérigos más integristas de la Iglesia Ortodoxa Rusa calificaron la novela como "el quinto evangelio, el de Satanás".



El piso era una komunalka, lugares donde vivían varios huéspedes compartiendo la cocina y el baño, y en la novela es allí precisamente donde instala su cuartel general Voland.

Es también el punto de partida de un interesante recorrido por uno de los entornos más bellos y emblemáticos de la capital rusa, el barrio del Arbat, el Montmartre de Moscú, barrio que Margarita recorre en la novela a lomos de su escoba camino del Gran Baile.



Polémicas aparte, "El maestro y Margarita" no ha perdido vigencia a pesar de los años transcurridos desde su creación y su lectura desconcertantemente y divertida engancha de principio a fin.





Volviendo brevemente a la anécdota inicial, la canción de los Stone está considerada por cierta crítica musical como una de las mejores canciones de la historia del rock. En 2004, la revista Rolling Stone la incluyó en el puesto 32 en su lista de las 500 canciones más grandes de la historia.

“Sympathy for the Devil” es también el título de una película de 1968 de Jean-Luc Godard, titulada “One plus One” en Europa, acerca de la contracultura de finales de los años sesenta. Godard quería filmar a los Rolling Stones en su estudio y coincidió con el proceso de grabación de este tema.






lunes, 14 de mayo de 2012

Viaje al interior



Desde que tengo hijos, y ya va para unos cuantos años, apenas he ido al cine a ver películas a mi gusto, pero a cambio estoy muy puesto en películas de la factoría Disney, o de la Pixar, o en otras películas de animación, de acción, superhéroes, etc. Lamentablemente, nos estamos acostumbrando a películas  de grandes presupuestos, invertidos en efectos especiales, con el riesgo de que el público joven no sea capaz de apreciar otros valores cinematográficos. Además antes, por lo menos los efectos especiales se notaban y probablemente se valoraban en su justa medida. Ahora están tan bien hechos que pasan desapercibidos y puede que sospechemos llenas de trucos hasta las escenas totalmente reales.

La última película que he tenido ocasión de ver ha sido, hace muy poquitos días, Los Vengadores. No me pilló de sorpresa el resultado porque ya tenía visionadas previamente “Capitán América”, “Thor”, “Iron Man” o “Iron Man 2”, además de películas de otras sagas como “Watchmen”, "Transformers", etc.  En medio de interminables minutos de avasalladora acción y desenfrenada exhibición de todo tipo de armamento ligero y pesado (me falta vocabulario), hay una pequeña escena en la que un anciano que ha asistido a una caída espectacular desde los cielos del amigo Hulk y su vuelta, supongo que debido al golpe, a su forma de ser menos anormal, le pregunta al superhéroe si se trata de un alienígena, y ante la negativa de Hulk, el anciano le dice “pues entonces, hijo, tienes un problema”. La escena provoca por supuesto la risa liberadora del público, agarrotado desde hacía rato en sus butacas, y en complicidad sin duda con el verdoso superhéroe, pero, aunque dirigido a “Hulk”, ¿no estaría pensando este personaje con lo de "tienes un problema" en cada uno de los espectadores que abarrotábamos la sala, parte de los cuales, al final, incluso premiaron la proyección con tibios aplausos? ¿O, no estaría pensando por lo menos en aquellos espectadores que no habían reconocido al actor que encarnaba al anciano personaje?

Digo esto porque, aunque no sentí ninguna necesidad de aplaudir, espero que sea  un atenuante a mis pecados cinéfilos el haber reconocido en dicho personaje a Harry Dean Stanton que, con 85 años a sus espaldas, hace una breve aparición en tan espectacular película.








Harry Dean Stanton es un dignísimo representante de otro tipo de cine; de un cine sin efectos especiales o con los mínimos imprescindibles; de un cine que escasea cada vez más o porque no se hace o porque no se distribuye en nuestros días. Se le puede encontrar como eficaz secundario en un montón de películas, muchas de ellas consideradas de serie B (sólo por su presupuesto, que no por su calidad e interés), pero sobre todo se le recuerda como Travis, el personaje protagonista de “Paris, Texas”, de Wim Wenders, con la que el director alemán ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1984.


Con guión del escritor y actor Sam Shepard, Wim Wenders cuenta en bellas imágenes el viaje emocional del protagonista en busca de su esposa e hijo, y también, por qué no, de sí mismo, a través de paisajes desérticos cuyos planos generales ponen el contrapunto perfecto a los primero planos de los diferentes personajes.



Desde las secuencias iniciales, con el protagonista caminando aparentemente sin rumbo, hasta la famosa escena del Peep Show y su conversación con su esposa a través de una cabina, Wenders nos va descubriendo poco a poco las razones del comportamiento de sus personajes y en especial las que impulsan a Travis a realizar su particular viaje.


Acompañan a Harry Dean Stanton en el reparto, Natassja Kinski, Dean Stockwell, Aurora Clement y Hunter Carson, ah, y la música de Ry Cooder.


Sí, lo reconozco; veo mucho cine "basura" y seguro que en estos años me habré perdido sin duda muchas interesantes películas, pero me tranquiliza reconocer en sus escasos segundos de presencia en pantalla a actores de la talla de Harry Dean Stanton que me traen a la memoria películas tan maravillosas como "Paris, Texas".




viernes, 4 de mayo de 2012

"Downtown Train" (Tom Waits, 1985)


 

Pocos placeres superan el de escuchar una buena canción en unas condiciones apropiadas. Me gusta la música que no envejece ni pierde vigencia con el paso del tiempo y es capaz de emocionarme cada vez que la escucho, aunque no siempre sepa por qué.

No recuerdo exactamente cuando conocí a Tom Waits. Posiblemente fuera en Radio 3, a través del programa Diálogos 3, que utilizó repetidamente como sintonía de entrada o de cierre en algún momento de su trayectoria, el tema “Tom Traubert’s Blues (Four Sheets to the Wind In Copenhagen)", del álbum "Small Change" (1976).



La música de Waits se caracteriza por una inusual instrumentación habitualmente con preponderancia de la percusión, y por encima de todo la aspereza de su voz como hilo de unión entre sus, casi siempre, desgarradoras canciones.


Publicó su primer álbum en 1973, pero fue en 1983 cuando su carrera tomó un rumbo definitivo con la publicación de Swordfishtrombones, primera parte de una oficiosa trilogía que continuó con Rain Dogs en 1985 y Frank’s Wild Years en 1987.


En estas obras, diferentes pero complementarias, encadena una tras otra una serie de composiciones de sonidos y ritmos demoledores, que a mí me traen a la memoria el “decadente” (en opinión del régimen) teatro musical de Kurt Weil y Bertolt Brecht.


Y es que en la personalidad de Tom Waits predomina una poderosa componente teatral a la cual se deben sin duda sus incursiones en el cine, generalmente como creador de bandas sonoras, aunque en ocasiones también como actor. De éstas últimas destaco dos, más por el valor de las películas en sí que por sus actuaciones:

La primera es la indispensable “Rumble Fish” (La Ley de la Calle, 1983), a las órdenes de Coppola, con banda sonora compuesta por el “Police” Stewart Copeland, en la que Waits interpretó un pequeño papel al lado de Mickie Rourke, Dennis Hopper y unos jovencísimos Matt Dillon, Diana Lane y Nicholas Cage, entre otros. La película ganó la Concha de Oro en el Festival de cine de San Sebastián, pero en cambio fue un rotundo fracaso comercial en el que Coppola se dejó los beneficios obtenidos con la inmediata anterior “The Outsiders” (Rebeldes, 1983), el lado amable y comercial del mismo tema. Cine de autor, en blanco y negro con singulares toques de color, obra de un director consagrado que se podía permitir esos lujos.
  






La segunda es “Down By Low” (Bajo el peso de la Ley, 1986), divertida película, también en blanco y negro, del independiente Jim Jarmush, en la que Waits formó parte del trío protagonista, junto a  John Laurie y Roberto Begnini, y además compuso la banda sonora, como hizo en otras películas de Jarmush.



La trilogía de álbumes que he citado antes no tiene desperdicio y en las largas veladas con los amigos no faltaba un hueco para alguna de sus canciones. Siempre que tenía ocasión pinchaba “Downtown Train” (Rain Dogs), uno de sus temas con sonido menos agrio, cuyo protagonista, enamorado una noche en un desplazamiento en tren al centro de la ciudad, sueña cada día con el momento de volver a encontrar a su amada en el mismo tren, con la secreta esperanza de llegar a ser correspondido. Como no podía ser de otro modo, la historia se repite vez tras vez,  noche tras noche y en el estribillo se lamenta comprendiendo que sus sueños nunca llegarán a realizarse.



Downtown Train

Outside another yellow moon
Has punched a hole in the nighttime, yes
I climb through the window and down to the street
I'm shining like a new dime
The downtown trains are full with all of those Brooklyn girls
They try so hard to break out of their little worlds

Well you wave your hand and they scatter like crows
They have nothing that will ever capture your heart
They're just thorns without the rose
Be careful of them in the dark
Oh, if I was the one you chose to be your only one
Oh baby can't you hear me now, can't you hear me now

Will I see you tonight on a downtown train
Every night it's just the same, you leave me lonely now

I know your window and I know it's late
I know your stairs and your doorway
I walk down your street and past your gate
I stand by the light at the four-way
You watch them as they fall, oh baby, they all have heart attacks
They stay at the carnival, but they'll never win you back

Will I see you tonight on a downtown train
Where every night, every night it's just the same, oh baby
Will I see you tonight on a downtown train
All of my dreams they fall like rain, oh baby on a downtown train

Will I see you tonight on a downtown train
Where every night, every night it's just the same, oh baby
Will I see you tonight on a downtown train
All of my dreams just fall like rain, all on a downtown train
All on a downtown train, all on a downtown train
All on a downtown train, a downtown train



¿Quién no ha vivido alguna vez algo, de algún modo, parecido? ¡Pasamos tanto tiempo en los transportes públicos!