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viernes, 17 de mayo de 2013

Popocatépetl e Iztaccíhuatl



El volcán Popocatépetl, de 5.452 metros de altura, situado a 55 kilómetros de la capital de México, ha entrado esta semana en erupción.

Se trata, junto a su compañero Iztaccíhuatl, de uno de los protagonistas de la novela de 1947 “Bajo el volcán” (Under the volcano), escrita por el británico Malcom Lowry.

“Dos cadenas montañosas atraviesan la República, aproximadamente de norte a sur, formando entre sí valles y planicies. Ante uno de estos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Quauhnáhuac. Queda situada bastante al sur del Trópico de Cáncer; para ser exactos, en el paralelo diecinueve, casi a la misma latitud en que se encuentran, al oeste, en el Pacífico, las islas de Revillagigedo o, mucho más hacia el oeste, el extremo más meridional de Hawai y, hacia el este, el puerto de Tzucox en el litoral atlántico de Yucatán, cerca de la frontera de Honduras Británica o, mucho más hacia el este, en la India, la ciudad de Yuggernaut, en la Bahía de Bengala.”



La historia cuenta en doce capítulos las últimas doce horas de autodestrucción de Geoffrey Firmin, excónsul británico en Quauhnahuac, el día de difuntos de 1938. La narración se basa casi exclusivamente en el flujo de los pensamientos, reflexiones y disquisiciones del alcoholizado, desorientado y en lucha contra el mundo, protagonista, trasunto del mismo Lowry, que también sufría de alcoholismo crónico. El resultado es un relato angustioso y atormentado que fuerza una lectura lenta y de difícil comprensión.


"Al principio el Cónsul sintió un extraño alivio. Ahora se percataba de que habían disparado sobre él. Cayó sobre una rodilla y luego, gimiendo, boca abajo, cuan largo era sobre la hierba. – Dios – observó, perplejo-¡qué manera de morir!"

Curiosamente Lowry y su primera esposa se habían instalado en 1936 en Cuernavaca (Quauhnahuac) en un intento por salvar su turbulento matrimonio. Allí vivió muchos años, hasta que fue finalmente expulsado.

De su novela dijo Lowry,

"Puede considerarse [Bajo el volcán] como una especie de sinfonía, o, en otro sentido, como una especie de ópera, y hasta como una película de vaqueros. Es música hot, un poema, una canción, una tragedia, una comedia, una farsa, etcétera. Es superficial, profunda, entretenida y aburrida, según el gusto del lector. Es una profecía, una advertencia política, un criptograma, una película cómica, unas palabras escritas en un muro. Puede considerarse también como una especie de máquina... En el caso de que usted piense que he hecho cualquier cosa menos una novela, es mejor que le diga que en el fondo mi intención era la de escribir, aunque sea yo quien tenga que decirlo, una novela profundamente seria. Pero también es, y lo sostengo, una obra de arte, en cierto modo distinta a lo que usted creía, y también mejor lograda, siempre de acuerdo con sus propias leyes".


Tras intentos frustrados de otros directores, la novela fue finalmente llevada a la pantalla en 1984 por John Huston, cuya trayectoria le convertía posiblemente en uno de los escasos capacitados para hacerlo.





La película, acogida en su estreno con frialdad por la crítica, cuenta sin embargo con una magistral interpretación de Albert Finney en uno de los mejores papeles de su carrera.

Al final de su vida también John Huston se afincó unos años en México, algo que le acercaba aún más a Malcolm Lowry.

La mía es una edición de 2002 en Fábula, de Tusquets Editores, que incorpora un prólogo del propio Lowry para la primera edición francesa en 1949, cuyo primer párrafo dice así:

"Me gustan los prólogos. A veces no sigo adelante, y es posible que en este caso mis lectores tampoco sigan adelante. De ser así, este prólogo no habría logrado su objetivo, que es el de hacer mucho más fácil el acceso a Bajo el volcán. En todo caso, lector, no consideres estas páginas como una afrenta a tu inteligencia, ya que más bien demuestran que, en ocasiones, el autor cuestiona la suya."





Para acabar de esta forma:

Después de este largo prólogo, mi querido lector francés, quizá lo honesto sería confesarte que la idea cara a mi corazón fue la de hacer, en su género, una especie de obra de pionero y escribir al fin la auténtica historia de un borracho. No sé si lo he conseguido. Y ahora, amigo mío, continúa, te lo ruego, tu paseo a lo largo del Sena. Y vuelve a dejar el libro en la caja del bouquiniste a 100 francos donde lo has encontrado.



Septiembre de 1948


jueves, 9 de mayo de 2013

Un clásico: “Por qué leer a los clásicos”



«Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. "Para saberla antes de morir"».


I. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...» y nunca «Estoy leyendo ...».
II. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
III. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
IV. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
V. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.
VI. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
VII. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).
VIII. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.
IX. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
X. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.
XI. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.
XII. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.
XIII. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
XIV. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.
 Italo Calvino, Por qué leer los clásicos

lunes, 6 de mayo de 2013

Reivindicación de la locura



“La locura es una experiencia mística que el loquero y/o psiquiatra reduce
 a catástrofe y a las cenizas del ser.”

“El único malestar en la cultura y la única revolución posible es la de la locura. Locura para luchar, con el arma suprema de la literatura, contra un país sin dioses pero con estatuas de dioses, contra un país donde la gente cree en Dios media hora, la media hora de ir a misa, para luego seguir pecando, 
esto es, haciendo daño.”

“Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero
hijo de padre borracho
y hermano de un suicida
perseguido por los pájaros y los recuerdos
que me acechan cada mañana
escondidos en matorrales
gritando porque termine la memoria
y el recuerdo se vuelva azul, y gima
rezándole a la nada porque muera.”

- Leopoldo María Panero -



En la Feria del Libro de Madrid es frecuente encontrar autores ajenos al mundillo literario firmando sus libros. Recuerdo en 2012 en una misma tarde a tres ex ministros, un ex embajador en la ONU, un ex coordinador general de una coalición política, una pareja de ex predicadores en una emisora radiofónica, un ex futbolista internacional, algún ex presentador de informativos en televisión … Mucha gente “ex” conocida en otros ámbitos aprovechando su “ex” popularidad para hacer caja.

Aunque quería un libro dedicado, no me decidí por ninguno hasta que en una de las últimas casetas pude ver a Leopoldo María Panero.

Nacido en Madrid en 1948, hijo de Leopoldo Panero, poeta de la Generación del 36 vinculado al régimen de Franco, su militancia política antifranquista le valió pronto sus primeras estancias en prisión. En su biografía posterior, alcoholismo, depresión y tempranos intentos de suicidio. Esquizofrénico, acabó en internamientos voluntarios en pabellones psiquiátricos. Es autor de una extensa y destacada producción que le convierte en uno de los mejores poetas españoles vivos.

En 1976 Jaime Chavarri rodó “El desencanto”, una de las joyas más inquietantes del cine español, demoledor documento acerca de su padre ya fallecido, su familia y entorno y por extensión del franquismo que (aparentemente) terminaba.






Compré y me dedicó, a su manera, una antología con el título “Sobre la tumba del poema”, con un estupendo prólogo de Antonio Marín Albalate que dice de Panero y su obra cosas como éstas:

“Acaso la locura de Panero no es más que una terrible lucidez llevada al límite, como una manera de transgresión, rebelándose contra todo y contra todos.”

“Leer a Panero es asomarse al abismo, tocar la nada y sentir su escalofrío de fuego frente al lenguaje destruido.”

“Leopoldo María Panero ha sido y es la representación más descarnada y brutal de la poesía que sangra por la herida misma de estar vivo y saberse otro.”

“Poética existencialista llevada hasta sus últimas consecuencias con la insistencia de quien, más allá de su propia vida marcada por el desastre, escribe sobre la tumba del poema a modo de exorcización.”

“Chivo expiatorio de lo políticamente correcto, huyendo de la obscena realidad de la muerte sabe que no hay otra vida que la página, otro lirismo que el verso y que, al fin, la belleza es un absurdo y no responde a ninguna lógica.”

 

Uno de tantos poemas:

“Orinarán encima de mi tumba
y caerán ángeles sobre la página
donde envuelto en un sudario
yace el ser, la cólera de haber existido alguna vez
envuelto en el sudario de los hombres
flor entre los hombres, Emmanuelle (*)
yo he besado tu culo Emmanuelle
y aún estoy húmedo de tu saliva
y es este poema el último lapo
sobre la hierba húmeda, sobre la tumba del poema.”

(*) en hebreo, “entre los hombres”

- Leopoldo María Panero -


Del 31 de mayo al 16 de junio, Feria del Libro de Madrid 2013.


jueves, 11 de abril de 2013

La soledad del corredor de fondo y otras sensaciones ("Que ha ganado Chema")



Un joven interno en un reformatorio disfruta de un trato privilegiado a cambio de entrenarse para ganar una carrera de fondo cuyo trofeo ambiciona el director del centro. Dignidad o privilegios, he ahí la cuestión.



(...)

“Pero yo aquí estoy, tieso de frío, sin nada para calentarme, a no ser las dos horas de carrera de fondo antes de desayunar, sin ni siquiera una rebanada de pan y algo con que untarlo. Me están entrenando a tope para el día de las competiciones importantes, cuando todos esos duques y señoras de cara de cerdo (…) vienen y nos sueltan discursos sobre que los deportes son lo adecuado para que empecemos a llevar una vida honrada y mantengamos las puntas de los dedos lejos de las cerraduras de las tiendas y las cajas de caudales (…) Luego nos dan una cinta azul y una copa de premio después de que hemos reventado corriendo o saltando, como caballos de carrera; sólo que a nosotros no nos cuidan tan bien como a los caballos de carrera y ésa es la diferencia.”

(...)


(…)

“Es estupendo ser corredor de fondo, encontrarse solo en el mundo sin un alma que te ponga de mala leche o te diga lo que tienes que hacer o que hay una tienda que descerrajar en la calle de al lado. A veces pienso que nunca he sido tan libre como durante este par de horas en que troto por el sendero de más allá de la puerta y doblo por el roble aquel de tronco pelado y enorme barriga del final del camino.”

(…)


(...)


“Ahora oía también a los lores y las ladies de la tribuna principal, y los veía ponerse de pie haciéndome gestos de que entrase. —¡Corre! —me gritaban con sus delicadas voces—. ¡Corre! (…) de repente olí a sudor y un par de pulmones en sus últimas boqueadas me adelantaron y continuaron acercándose a la meta; el tío iba todo encorvado y balanceándose de un lado a otro (...) Hubiera sido capaz de animarle yo mismo. —¡Sigue! ¡Sigue y revienta! Átate a ese trozo de cinta. Pero él ya había llegado a la meta, conque yo seguí trotando detrás de él hasta que estuve junto a la línea de llegada, y llegaba un rugido asesino que me atravesaba los oídos mientras yo seguía en la parte de acá de la cinta.
Ya casi es tiempo de que me pare para que no crean que no sigo corriendo, porque sí corro, de un modo u otro.”

(...)


La soledad del corredor de fondo (1959)
Alan Sillitoe (1928-2010)
(Película del mismo título dirigida por Tony Richardson en 1962)



Y vuelta la burra al prado. Como todos los años desde hace unos cuantos, el último domingo de abril, cita con el Mapoma (ahora Rock ’n’ roll Madrid Maratón ¿?) y reencuentro con las sensaciones de citas anteriores y sus secuelas. Por cierto, si alguien quisiera animar lo tendría fácil; la mejor zona es la más céntrica: Fuencarral, Red de San Luis, Gran Vía hasta Callao, Preciados, Sol y calle Mayor. Hasta ahí, “sobrao”. Después mejor abstenerse por si acaso.



Hablando de sensaciones en un maratón ¿Qué sensación puede tener uno cuando al pasar pongamos por el Lago de la Casa de Campo, a la altura del kilómetro 25 (y a falta, claro, de otros 17), se corre una voz entre el pelotón "ha ganado Chema", "ha ganado Chema"? 


Chema Martínez ganando el Mapoma 2008
(mientras ... yo ... por la Casa de Campo)
Pues eso mismo.




miércoles, 30 de mayo de 2012

El rostro de Tracy






Andaba necesitado de razones para el optimismo cuando hace unos días escuché en una emisora de radio a Eduardo Punset citando una frase que leyó en los años 60 en alguna pared del metro de Nueva York: Is there a life before death? (¿Hay vida antes de la muerte?).

Como a Punset entonces, la frase me ha parecido genial y buscando información llegué a su libro "Excusas para no pensar" (Destino, 2011), sobre el que encontré comentarios que me impulsaron a hacerme con él rápidamente, de modo que se ha convertido en mi primera adquisición digital.



Es un libro que se lee muy fácilmente porque aunque habla de cuestiones importantes y trascendentes, lo hace de una forma sencilla, clara y amena, con muchos ejemplos y con referencias a estudios y experimentos acerca de las cuestiones que aborda.

En síntesis, el libro consiste en un recorrido desde nuestros orígenes, o mejor, desde los orígenes de la vida, por el largo camino del aprendizaje humano, hasta el momento actual, reflexionando acerca de la importancia que siempre ha tenido saber entender y gestionar las propias emociones, así como reconocer y entender las emociones ajenas.

En el último capítulo el autor plantea sus "Fórmulas para ser más felices en un mundo mejor". De su contenido me quedo con el último apartado, "Diez mandamientos para no ser infeliz", con recomendaciones tan aparentemente sencillas y evidentes que invitan a preguntarse cómo es posible no ser felices. Y es que el gran acierto de Punset es hacernos conscientes de que "... no somos conscientes de las cosas más obvias. Si lo fuéramos, nos plantearíamos la vida de un modo distinto".

Quizá deberíamos hacer como Isaac Davis, alter ego de Woody Allen en "Manhattan", y dedicar un rato, de vez en cuando, a descubrir o recordar las cosas que realmente nos importan y que muchas veces ya tenemos pero no valoramos lo suficiente.



No tiene que ver con el tema, pero no me privo de comentar que en junio de 1989 compartí con Eduardo Punset (y muchos conductores más) un inmenso atasco madrileño en el túnel de María de Molina bajo López de Hoyos. Él iba en taxi, supongo que camino del aeropuerto, y yo detrás, en mi vehículo, hacia el trabajo. Una quema intencionada de neumáticos en la Avenida de América tuvo la culpa. Era mi primer día de curro y llegué dos horas tarde.




miércoles, 23 de mayo de 2012

Los manuscritos no arden



Valga una anécdota como excusa para hablar de un gran libro: Hacia 1967 Marianne Faithfull recomendó a su entonces novio Mick Jagger una novela, recién publicada, de un escritor soviético. En noviembre de 1968 “Sus Satánicas Majestades” publicaron “Beggars Banquet”, cuyo primer tema, “Sympathy for de Devil” (Compasión por el Diablo) estaba inspirado en aquella novela. El escritor era Mijaíl Bulgakov y la novela, “El maestro y Margarita”.


Bulgakov nació en Kiev, Ucrania, en 1891. Estudió medicina antes de dedicarse a la literatura y aunque alcanzó un enorme reconocimiento con sus primeras obras, sus sátiras del régimen y sus críticas a la sociedad burocratizada y corrupta de su tiempo le valió la prohibición de publicar a partir de 1929. Desde ese momento mantuvo una curiosa relación con Stalin, que le llamaba por teléfono personalmente y a quien escribió numerosas cartas intentando obtener su perdón.

Quizá por ello, desde 1928 hasta su fallecimiento en 1940 dedicó todo su empeño a la elaboración de “El maestro y Margarita”, obra en la que trata, entre otros, el tema de la libertad de creación artística y los intentos de coacción por parte de las autoridades. A lo largo de todos esos años Bulgakov realizó numerosa versiones de su obra pero no llegó a verla publicada en vida. Gracias a la perseverancia de su mujer fue posible que llegara al público veintiséis años después de su muerte, siendo inmediatamente reconocida como una de las obras maestras de la literatura rusa del siglo XX.

 “(El hombre) no era ni pequeño ni enorme; simplemente alto. En lo que se refiere a su dentadura, tenía a la izquierda coronas de platino y a la derecha, de oro. Vestía un elegante traje gris, unos zapatos extranjeros del mismo color, y una boina, también gris, le caía sobre la oreja con estudiado desaliño. Llevaba bajo el brazo un bastón negro con la empuñadura en forma de cabeza de caniche. Aparentaba cuarenta años y pico. La boca, algo torcida. Bien afeitado. Moreno. El ojo derecho, negro; el izquierdo, verde. Las cejas, oscuras, y una más alta que la otra. En una palabra: extranjero.”

Así describe Bulgakov a “Voland”, es decir el Diablo, en el primer capítulo de “El maestro y Margarita”, escrita como ya ha quedado dicho entre 1928 y 1940 pero no publicada hasta 1966, en versión censurada, en la revista literaria Moscú. El texto no vió la luz íntegramente hasta 1973. La novela comienza con una cita del Fausto de Goethe: “- Aun así, dime quién eres. - Una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien.”

La cita es muy significativa porque Voland y sus tres particulares ayudantes, Asaselo, Koróviev y Popota, cometen, más por diversión y capricho que por maldad, todo tipo de atropellos y barbaridades, impartiendo de paso una cierta justicia que hace que hasta resulten simpáticos en muchas ocasiones.


La novela entremezcla tres narraciones. En la primera, en el Moscú post-revolucionario de 1930, el Diablo se presenta bajo la forma antes descrita a dos tranquilos ciudadanos moscovitas que, con el pretexto de un ensayo escrito por uno de ellos, discuten acerca de la existencia (que niegan) de Jesucristo. El forastero interviene en la conversación afirmando que Jesucristo existió, puesto que él estaba presente en el momento de su muerte en la cruz, y a continuación empieza a relatar el encuentro de Poncio Pilatos y Jesucristo, que también presenció. Posteriormente, una sesión de magia negra en un abarrotado teatro moscovita, a cargo del mismísimo Diablo, desencadenará una sucesión de divertidos acontecimientos. Por su parte, el relato de Poncio Pilatos tendrá continuación en otros posteriores dando forma, en un estilo diferente al del resto de la obra, a la segunda narración de la novela.


Con la tercera narración, sobre el amor entre el maestro y Margarita, se descubre que la historia de Poncio Pilatos es la obra censurada del personaje conocido como el maestro, alter ego de Bulgakov, al que por deseo de Margarita, el Diablo libera del psiquiátrico en el que la maquinaria del régimen lo tiene aislado. Al igual que Bulgakov en el proceso creativo de “El maestro y Margarita”, el maestro quema el manuscrito original de su obra sobre Poncio Pilatos, pero en la novela Voland se encarga de recuperarlo intacto del fuego (De este episodio parece proceder la expresión “los manuscritos no arden”, muy popular, según se dice, en Rusia). Bulgakov, en cambio, no tuvo ayuda del Diablo ni de nadie y no le quedó más remedio que reconstruir su novela desde el principio.

La tercera narración concluye caóticamente con el Baile del Plenilunio de Primavera, acontecimiento anual al que asisten los más grandes pecadores de todas las épocas, cuya celebración tiene lugar en esta ocasión en Moscú, y para el que Voland ha elegido como acompañante a Margarita.


Como curiosidad y prueba del éxito de la novela, baste decir que existe en la actualidad en Moscú una ruta turística mefistofélica, cuyo principal atractivo es la habitación en la que vivió de alquiler Bulgakov, en el apartamento 50 del 302 de la calle Sadóvaya, actualmente número 10 de la calle Bolshaya Sadóvaya, convertida en lugar de peregrinación de entusiastas de su obra así como de otros grupos marginales. Durante muchos años estuvo instalado en este lugar un museo dedicado a la vida y obra del escritor, hasta que en diciembre de 2006 un fanático religioso lo destruyó por considerar que albergaba propaganda satánica. No hay que olvidar que los clérigos más integristas de la Iglesia Ortodoxa Rusa calificaron la novela como "el quinto evangelio, el de Satanás".



El piso era una komunalka, lugares donde vivían varios huéspedes compartiendo la cocina y el baño, y en la novela es allí precisamente donde instala su cuartel general Voland.

Es también el punto de partida de un interesante recorrido por uno de los entornos más bellos y emblemáticos de la capital rusa, el barrio del Arbat, el Montmartre de Moscú, barrio que Margarita recorre en la novela a lomos de su escoba camino del Gran Baile.



Polémicas aparte, "El maestro y Margarita" no ha perdido vigencia a pesar de los años transcurridos desde su creación y su lectura desconcertantemente y divertida engancha de principio a fin.





Volviendo brevemente a la anécdota inicial, la canción de los Stone está considerada por cierta crítica musical como una de las mejores canciones de la historia del rock. En 2004, la revista Rolling Stone la incluyó en el puesto 32 en su lista de las 500 canciones más grandes de la historia.

“Sympathy for the Devil” es también el título de una película de 1968 de Jean-Luc Godard, titulada “One plus One” en Europa, acerca de la contracultura de finales de los años sesenta. Godard quería filmar a los Rolling Stones en su estudio y coincidió con el proceso de grabación de este tema.






jueves, 19 de abril de 2012

Hablando de correr





Abril 2012

El próximo domingo participaré en una carrera de maratón, el maratón popular de Madrid. Aunque no es el primero que corro, ya que con éste serán trece, siento sin embargo los mismos nervios que la víspera del primero. O quizá aún más, ya que entonces desconocía lo que significaba enfrentarse a esa distancia.

Supongo que por eso me ha venido a la cabeza el libro de Haruki Murakami, “De qué hablo cuando hablo de correr” (Tusquets Editores, 2010), en el que el escritor japonés reflexiona de forma amena sobre lo que para él representa la práctica de este ejercicio físico, el esfuerzo y sacrificio que le requiere, las satisfacciones que obtiene a cambio y los beneficios personales y profesionales que le reporta. Todo ello sin recurrir a los tópicos habituales cuando se trata un tema deportivo.


Independientemente de la situación laboral y personal de cada uno, es obvio que la vida es un recorrido de larga distancia que acaba consumiendo todos nuestros recursos físicos y mentales, y desde ese punto de vista, la carrera de maratón es una metáfora perfecta de la vida.

En distancias menores nunca he tenido la sensación de llegar a la meta al límite de mis fuerzas, e incluso excediéndome en el esfuerzo la recuperación posterior siempre ha sido relativamente rápida. En el caso de un maratón, para un corredor popular con escaso tiempo para entrenar, la distancia a recorrer está fuera de toda proporción. Resulta imposible entrenar esa distancia y hacer una planificación en la que confiar a la hora de afrontar el reto. Puedes marcarte, como en carreras de distancias más cortas, unos objetivos de paso por algunos tramos intermedios, pero cualquier pequeña variación imprevista en las condiciones externas de la carrera o en las sensaciones internas, físicas o incluso mentales, alterará de manera radical el desarrollo del recorrido y el resultado final.


Nunca como en una carrera de este tipo se siente el paso del tiempo y el desgaste progresivo del organismo. Las ganas e ilusiones de los primeros kilómetros dejan paso, con la lenta pero inexorable acumulación del cansancio y la sucesiva aparición de molestias, a las dudas, al desaliento y al deseo de que aquello finalice de una vez, como sea. Se hace muy largo y muy duro, con demasiados obstáculos en el camino y acaba por no verse el sentido que tiene todo aquello. Vamos, como la vida a veces.

Por si fuera poco, tras la llegada, la recuperación no se produce como en carreras más cortas y hasta el trayecto de regreso a casa se convierte en una especie de calvario.

Todo esto lo sé muy bien, ya he dicho que tengo cierta experiencia. A pesar de saberlo, el domingo me presentaré en la línea de salida con la esperanza de tener un buen día y la ilusión de disfrutar de un ambiente especial y de las calles de la ciudad sin tráfico por una vez, junto a otros miles de corredores populares a los que entiendo y que sé que me entienden. Corro al año siete u ocho carreras más, pero lo cierto es que este maratón es en todo momento mi objetivo, y el llegar a esta cita en las mejores condiciones posibles es mi principal motivación para entrenar durante todo el año.

Volviendo al libro de Murakami, creo que es muy recomendable para todos los aficionados a la lectura y a la práctica deportiva y para los que aún no conozcan su obra sería una buena forma de acercarse a ella.


También creo recomendable su lectura para los que no gusten de la práctica deportiva ya que, como ya se ha visto, la vida que recorremos es a su vez la metáfora perfecta de una carrera de maratón.





martes, 3 de abril de 2012

En busca de la conciencia de clase perdida


Primavera 2012

Con la excusa de la crisis financiera que ella misma ha generado, la clase capitalista pretende, culpándolos de todos los males, recortar los derechos logrados desde la Revolución Industrial por la clase trabajadora, con el beneplácito aparente de gran parte de esta misma clase trabajadora que apoya con su voto estas medidas poniendo de este modo de manifiesto su pérdida de identidad.

Hojeando libros que trataban desde diversos enfoques la revolución industrial y sus efectos, di con uno que me apetece comentar.

Françoise Choay (París, 29 de marzo de 1925) es licenciada en Filosofía, escritora y crítica de arte. Ha sido directora del Instituto de Urbanismo de París VIII. Entre otras publicaciones, es autora de El urbanismo, utopías y realidades (1963), que consiste fundamentalmente en una antología de textos sobre Urbanismo de los principales autores y pensadores de esta disciplina a partir de la revolución industrial. Un resumen de su contenido podría ser el siguiente:

La revolución industrial fue seguida casi inmediatamente por un crecimiento demográfico sin precedentes en las ciudades. La transformación de los medios de producción y de transporte desde comienzos del siglo XIX modificó la estructura de las ciudades creándose un nuevo orden con la solución más inmediatamente favorable a los dirigentes de las industrias y a los financieros. El resultado para los nuevos trabajadores de la industria fue unas viviendas obreras insalubres, separadas por enormes distancias de los lugares de trabajo y ausencia de jardines y espacios públicos en los barrios populares.


La insatisfacción con el resultado del rápido desarrollo de las ciudades provocó la aparición de grupos de pensadores pre-urbanistas que formularon soluciones en dos direcciones del tiempo: el pasado y el futuro, adoptando dos aspectos: el nostálgico y el progresista.

El modelo nostálgico o culturalista tuvo por representantes a John Ruskin y William Morris para los que la solución al desorden de las ciudades victorianas consistía en una vuelta a la variedad e ideales góticos. La fase urbana de esta tendencia, a finales de siglo, estuvo representada por Ebenezer Howard y su ciudad-jardín.

El modelo progresista  o utópico estuvo representado por Robert Owen y Charles Fourier entre otros. La ciudad progresista rechaza todo el legado artístico del pasado, para someterse exclusivamente a las leyes de una geometría natural, dividiendo el espacio urbano de acuerdo con un análisis de las funciones humanas. Su fase urbana se desarrolla ya en el siglo XX y sus principales representantes serían Tony Garnier, Walter Gropius o Le Corbusier.

A estos dos modelos críticos hay que añadir la crítica sin modelo de Friedrich Engels y Karl Marx, también de carácter progresista, desarrollada en sus obras  “La situación de la clase trabajadora en Inglaterra” (1945) y “La crisis de la vivienda” (1872) de Engels y “El capital” (1867 el primer volumen) de Marx,  que se caracteriza por no recurrir al mito del desorden ni proponer un modelo de ciudad futura. Para ellos, la ciudad tiene el privilegio de ser el lugar de la historia. En ella la burguesía se desarrolló y representó su papel revolucionario. En ella había nacido el proletariado industrial, al que incumbiría la tarea de llevar a cabo la revolución socialista y de realizar el hombre universal. Critican las soluciones paternalistas y reaccionarias de la burguesía liberal al problema, inclinándose por soluciones provisionales a un aspecto parcial de un problema global del que no podía disociarse y que únicamente la acción revolucionaria permitiría resolver.

La conclusión que se puede extraer es que, con excepción de Engels y Marx, los mismos que relacionaban con lucidez  los defectos de la ciudad industrial con el conjunto de las condiciones económicas y políticas del momento, no se mantenían en la lógica de su análisis y se negaban a considerar esos defectos como el reverso de un nuevo orden promovido por el desarrollo de la economía capitalista.


Volviendo a la situación actual, quizá sea una impresión equivocada, pero ¿no nos proponen quienes se postulan para representarnos, elegir entre una solución nostálgica o conservadora y otra, aparentemente progresista o utópica, que en el fondo se diferencian muy poco y solo pretenden maquillar la situación actual de forma que el sistema se perpetúe en el tiempo?
Por otra parte, aunque la cuestión de la vivienda es un aspecto parcial del problema, ¿no se ha pasado de unas condiciones de vivienda infrahumanas a una aparente opulencia que nos ha convertido en rehenes de hipotecas “infrahumanas” imposibles de pagar?

Los modelos que nos proponen negando el fin de ciclo no permiten vislumbrar solución a corto o medio plazo, pero aún así se insiste en ellos. Aunque parezcan términos anticuados y obsoletos, ¿no sigue vigente la lucha de clases?, ¿no es hora de recuperar la conciencia de clase perdida?